By Dr. Martin Aróstegui
A few months ago, I found myself wandering through the Dong Xuan Market in Hanoi, Vietnam. From years of traveling, I have learned that no museum or guided tour reveals a culture as honestly as its local market. Markets are living classrooms, places where daily life unfolds without pretense. They show what people value, what they eat, how they bargain, and how tradition survives in the rhythm of ordinary routines. Dong Xuan, Hanoi’s largest and most vibrant market, offered all of this and more.
As I entered the vast structure, I was immediately immersed in a symphony of sounds, colors, and movement. Vendors called out to customers, scooters buzzed nearby, and the air carried the layered aromas of spices, herbs, and fresh food. I moved instinctively toward the fish and seafood section, drawn by a lifelong fascination with the sea and its creatures. Here, the market revealed its most visceral and unforgettable character.
Rows of tanks held live fish of every imaginable shape and size, their scales flashing silver under fluorescent lights. Some swam lazily, others darted with nervous energy, aware perhaps that their fate was close at hand. Frogs sat crowded in wire cages, still and watchful, while eels twisted endlessly in shallow basins. Nearby, vendors expertly cleaned and sliced fish with swift, practiced motions, transforming whole animals into neat portions in seconds. Nothing was hidden, and nothing was wasted. This was food in its most honest form, far removed from the sanitized aisles of a supermarket.
The aromas were powerful and complex. There was the sharp scent of the sea, mingled with brine, blood, and the faint sweetness of fresh flesh. To some, it might have been overwhelming, but to me it was intoxicating. It spoke of freshness, of meals yet to be cooked, of families gathering around tables later that day. Every smell carried a story, every stall a glimpse into daily Vietnamese life.
What fascinated me most was the interaction between vendors and customers. Conversations flowed easily, punctuated by laughter and animated gestures. Elderly women inspected fish with discerning eyes, young cooks asked questions, and children watched curiously from the sidelines. There was trust here, built over years of shared routine. This was not merely commerce; it was community.
As I stood there, observing and absorbing, I realized how deeply markets connect people to their environment. The fish reflected Vietnam’s rivers, coastline, and culinary traditions. They represented not just sustenance, but heritage. Visiting Dong Xuan Market was more than a sensory experience; it was a lesson in culture, resilience, and authenticity.
Walking away, I felt grateful for the opportunity to witness such unfiltered life. In that fish market, amid tanks, cages, and cutting boards, I found a deeper understanding of Vietnam and its people. It was, indeed, a true learning experience.
Una visita al mercado de pescado de Hanói
Por el Dr. Martin Aróstegui
Recientemente visité el mercado Dong Xuan en Hanói, Vietnam. Tras años de viajar, he aprendido que ningún museo ni visita guiada revela una cultura con tanta honestidad como su mercado local. Los mercados son aulas vivientes, lugares donde la vida cotidiana se desarrolla sin pretensiones. Muestran lo que la gente valora, lo que come, cómo regatea y cómo la tradición sobrevive en el ritmo de las rutinas diarias. Dong Xuan, el mercado más grande y vibrante de Hanói, ofrecía todo esto y mucho más.
Al entrar en la vasta estructura, me sumergí de inmediato en una sinfonía de sonidos, colores y movimiento. Los vendedores llamaban a los clientes, las motos zumbaban cerca y el aire transportaba los aromas superpuestos de especias, hierbas y alimentos frescos. Me dirigí instintivamente hacia la sección de pescado y marisco, atraído por una fascinación de toda la vida por el mar y sus criaturas. Aquí, el mercado reveló su carácter más auténtico e inolvidable.
Filas de tanques contenían peces vivos de todas las formas y tamaños imaginables, sus escamas plateadas brillando bajo las luces fluorescentes. Algunos nadaban perezosamente, otros se movían con nerviosa energía, conscientes quizás de que su destino estaba cerca. Las ranas se amontonaban en jaulas de alambre, inmóviles y vigilantes, mientras las anguilas se retorcían sin cesar en recipientes poco profundos. Cerca, los vendedores limpiaban y cortaban el pescado con movimientos rápidos y expertos, transformando animales enteros en porciones ordenadas en segundos. Nada se ocultaba y nada se desperdiciaba. Esta era la comida en su forma más honesta, muy lejos de los pasillos esterilizados de un supermercado moderno.
Los olores eran potentes y complejos. Estaba el fuerte olor del mar, mezclado con salmuera, sangre y la ligera dulzura de la carne fresca. Para algunos, podría haber sido abrumador, pero para mí era embriagador. Las familias reunidas alrededor de las mesas hablaban de peces frescos, de comidas aún por cocinar. Cada olor contaba una historia, cada puesto de venta de pescados ofrecía una visión de la vida cotidiana vietnamita.
Lo que más me fascinó fue la interacción entre vendedores y clientes. Las conversaciones fluían con facilidad, salpicadas de risas y gestos animados. Las mujeres mayores inspeccionaban el pescado con ojos perspicaces, los jóvenes cocineros hacían preguntas y los niños observaban con curiosidad desde la distancia. Había confianza entre ellos, construida a lo largo de años de rutina compartida. Esto no era simplemente comercio; era el disfrute de una comunidad. Mientras yo estaba allí, observando y absorbiendo todo lo que me rodeaba, me di cuenta de la profunda conexión que los mercados establecen entre las personas y su entorno. El pescado reflejaba los ríos, la costa y las tradiciones culinarias de Vietnam. Representaba no solo el sustento de una comunidad, sino también el patrimonio. Visitar el mercado de Dong Xuan fue más que una nueva experiencia para mis sentidos; fue una lección de autentica cultura culinaria.
Al marcharme, sentí gratitud por la oportunidad de visitar y presenciar la importancia que tiene ese mercado de pescado para los vietnamitas, quienes disfrutan su estancia entre tanques, jaulas y lugares de preparación de pescados, lo cual me hizo compreder mejor a Vietnam y a su gente. Fue, sin duda, una verdadera experiencia de aprendizaje.


























































