Por Pedro Diaz
Presidente y Editor Sol y Mar Magazine
Fotos: Martin Aróstegui

En el emblemático Malecón de La Habana, donde históricamente han convivido la nostalgia, el amor y la resistencia, hoy se escribe otra historia menos romántica y más urgente: la de la supervivencia diaria. Frente a un horizonte que parece infinito, decenas de cubanos convierten el mar en su única despensa posible.

A cualquier hora del día, hombres —y algunos jóvenes apenas iniciándose— se alinean sobre el muro unos con rudimentarias varas de pesca y otros con mejores equipos; hay ingenio, paciencia y necesidad. Cada lanzamiento al agua es una apuesta contra el hambre. Cada pez que logra salir del mar representa, más que una captura, una comida asegurada en hogares donde la escasez es rutina.

Más adentro, en las aguas de la Bahía de La Habana, otros cubanos llevan la lucha a otro nivel. Unos equipados con trajes de buceo desgastados y otros con tanques de aire comprimido —muchas veces reutilizados o en condiciones precarias— se sumergen en profundidades inciertas. No buscan deporte ni aventura: buscan sobrevivir. Allí, entre restos de embarcaciones, aguas turbias y corrientes impredecibles, rastrean peces que luego servirán para alimentar a sus familias o, en algunos casos, para intercambiarlos en un mercado informal que también refleja la crisis.

Mientras tanto, a lo largo del mismo Malecón, la vida continúa en una especie de contradicción permanente. Otros cubanos, agotados por los apagones, la falta de alimentos y las tensiones diarias, buscan un respiro en el mar. Se bañan en las pequeñas pozas naturales que se forman entre los arrecifes, improvisadas piscinas donde el agua salada sirve de alivio momentáneo. Allí, entre risas breves y conversaciones cargadas de resignación, intentan olvidar, aunque sea por unos minutos, el peso de la realidad.

En Cuba, el mar ha dejado de ser solo paisaje. Es sustento, escape y testigo. Testigo de una población que, frente a la escasez de electricidad, alimentos y libertades, se aferra a cualquier recurso disponible para seguir adelante. El Malecón, símbolo de la identidad habanera, se transforma así en un escenario donde la dignidad y la necesidad conviven en equilibrio precario.

Entre anzuelos improvisados, inmersiones arriesgadas y chapuzones de esperanza, los cubanos siguen mirando al mar. No por elección, sino porque, en muchos casos, es lo único que les queda.

Los cubanos a pesar del hambre, la miseria, la falta de electricidad, de comida y la falta de libertad tratan de pescar frente a la costa habanera; unos cubanos con varas de pesca en el muro del malecón habanero y otros cubanos sumergiéndose en las profundas aguas de la bahía habanera con sus trajes de buceo y tanques de aire comprimido para capturar los peces para alimentarse y sobrevivir al hambre, mientras que otros cubanos tratan de disipar las penas y preocupaciones bañándose en las piscinas artificiales en los arrecifes del malecón habanero en Cuba.