Dr. Martin Aróstegui

Earlier this year I had the rare opportunity to experience Yellowstone National Park in early winter, a season when the landscape becomes both harsher and more magical. Snow blanketed the mountains and plains, softening the contours of the land and transforming the park into a vast white wilderness. The cold air was sharp and clean, and the silence of winter was broken only by the wind moving across the valleys or the distant calls of wildlife. It was a photographer’s dream and a reminder of how wild and untamed this remarkable place remains.

One of the most powerful images of Yellowstone is the American bison. These massive animals once nearly disappeared from the plains and mountains of the West, victims of relentless hunting in the nineteenth century. Seeing them today, moving slowly through deep snow with frost clinging to their shaggy coats, felt like witnessing a living symbol of resilience. Some stood motionless against the wind while others pushed forward through drifts, their dark forms striking against the white landscape.

During the week we spent exploring the park, we were fortunate to observe an extraordinary variety of wildlife. One unforgettable morning we spotted a pack of wolves high on a distant mountain ridge. Through our lenses we watched them move silently across the snow, their figures small against the vast wilderness but unmistakably powerful. For anyone who loves wildlife, seeing wolves in their natural environment is an unforgettable experience.

Yellowstone’s valleys and forests also revealed other remarkable animals. Coyotes could sometimes be heard before they were seen, their haunting howls echoing through the cold morning air. Along the edges of partially frozen streams, we spotted playful river otters sliding and darting through the water. Moose and elk moved quietly through wooded areas; their breath visible in the cold air. On open plains we encountered pronghorn antelope, while high on rugged slopes bighorn sheep navigated steep terrain with effortless grace.

Birdlife added another dimension to the winter landscape. Bald eagles perched along riverbanks scanning for fish, while golden eagles circled high above the valleys. In the forests we were delighted to glimpse tiny pygmy owls, small but fierce hunters of the winter woods. The rivers and open water also hosted many species of ducks, their presence bringing movement and color to the icy currents.

Traveling through Yellowstone in winter requires special preparation. Much of our exploration took place aboard snow vehicles that carried us across snowy trails deep into the park. At other times we traveled in large SUVs capable of handling icy roads and deep drifts. These vehicles allowed us to reach remote areas while still protecting the fragile environment around us.

What made the experience so special was not only the wildlife but also the feeling of solitude. In winter Yellowstone belongs more to the animals than to people. The crowds of summer are gone, leaving vast open spaces where nature dominates. Each day offered new surprises and new photographic opportunities.

By the end of the week, I felt deeply grateful to have witnessed Yellowstone in its winter form. The snow-covered mountains, the resilience of the wildlife, and the quiet beauty of the frozen landscape created an experience I will never forget. Yellowstone in winter is not just a place to visit—it is a place to truly feel the wild heart of North America.

Yellowstone en invierno

Dr. Martin Aróstegui

A principios de este año tuve la rara oportunidad de vivir la experiencia del Parque Nacional de Yellowstone a comienzos del invierno, una estación en la que el paisaje se vuelve, a la vez, más riguroso y más mágico. La nieve cubría las montañas y las llanuras, suavizando los contornos del terreno y transformando el parque en una vasta y blanca zona salvaje. El aire frío era penetrante y puro, y el silencio del invierno solo se veía interrumpido por el viento que recorría los valles o por los lejanos llamados de la fauna silvestre. Fue el sueño de todo fotógrafo y un recordatorio de cuán salvaje e indómito permanece este lugar extraordinario.

Una de las imágenes más impactantes de Yellowstone es la del bisonte americano. Estos enormes animales estuvieron a punto de desaparecer de las llanuras y montañas del Oeste, víctimas de una caza implacable durante el siglo XIX. Verlos hoy en día, avanzando lentamente a través de la nieve profunda con el hielo aferrado a sus peludos pelajes, se sintió como ser testigo de un símbolo viviente de resiliencia. Algunos permanecían inmóviles frente al viento, mientras que otros avanzaban abriéndose paso entre las ventiscas; sus oscuras siluetas destacaban con fuerza sobre el paisaje blanco.

Durante la semana que pasamos explorando el parque, tuvimos la fortuna de observar una extraordinaria variedad de vida silvestre. Una mañana inolvidable divisamos una manada de lobos en lo alto de una lejana cresta montañosa. A través de nuestros objetivos, los observamos moverse silenciosamente sobre la nieve; sus figuras parecían diminutas frente a la inmensidad de la naturaleza salvaje, pero transmitían una potencia inconfundible. Para cualquier amante de la vida silvestre, ver lobos en su entorno natural es una experiencia inolvidable.

Los valles y bosques de Yellowstone también nos revelaron otros animales notables. A veces se podía oír a los coyotes antes de verlos, con sus inquietantes aullidos resonando en el frío aire matutino. A orillas de los arroyos parcialmente congelados, divisamos juguetonas nutrias deslizándose y zigzagueando por el agua. Alces y ciervos se desplazaban sigilosamente por las zonas boscosas, con su aliento visible en el aire gélido. En las llanuras abiertas nos cruzamos con antílopes berrendos, mientras que, en lo alto de las escarpadas laderas, los muflones de las Rocosas sorteaban el terreno empinado con una gracia natural.

La avifauna añadió otra dimensión al paisaje invernal. Águilas calvas se posaban a lo largo de las orillas de los ríos, escudriñando las aguas en busca de peces, mientras que águilas reales planeaban en círculos muy por encima de los valles. En los bosques tuvimos el placer de vislumbrar diminutos búhos pigmeos: pequeños, pero feroces cazadores de los bosques invernales. Los ríos y las zonas de aguas abiertas albergaban también numerosas especies de patos, cuya presencia aportaba movimiento y color a las gélidas corrientes.

Viajar por Yellowstone en invierno requiere una preparación especial. Gran parte de nuestra exploración tuvo lugar a bordo de vehículos para la nieve que nos transportaron a través de senderos nevados, adentrándonos en lo profundo del parque. En otras ocasiones, viajamos en grandes vehículos todoterreno capaces de sortear carreteras heladas y profundos ventisqueros. Estos vehículos nos permitieron llegar a zonas remotas, al tiempo que protegían el frágil entorno que nos rodeaba.

Lo que hizo que la experiencia fuera tan especial no fue solo la vida silvestre, sino también la sensación de soledad. En invierno, Yellowstone pertenece más a los animales que a las personas. Las multitudes del verano han desaparecido, dejando tras de sí vastos espacios abiertos donde la naturaleza impera. Cada día nos deparaba nuevas sorpresas y nuevas oportunidades fotográficas.

Al finalizar la semana, me sentí profundamente agradecido por haber sido testigo de Yellowstone en su faceta invernal. Las montañas cubiertas de nieve, la resiliencia de la vida silvestre y la serena belleza del paisaje helado conformaron una experiencia que jamás olvidaré. Yellowstone en invierno no es solo un lugar para visitar; es un lugar para sentir verdaderamente el corazón salvaje de Norteamérica.